Quod scripsi, scripsi Horacio Archundia LA LIBRE ASOCIACIÒN ES INALIENABLE.

Comparte y dale me gusta

En la última sesión de la Legislatura del Estado, los diputados Martha Meza Oregón y Joel Padilla Peña manifestaron su intención de integrar un bloque denominado Partido del Trabajo, con el que pretenden coordinar acciones en beneficio del Estado. La noticia, desde luego, produjo estupor, si se recuerda que la legisladora porteña representaba al Partido Verde Ecologista, por lo que al sumarse al Partido del Trabajo, el Verde pierde su lugar en el Congreso. Para pronto, el cuestionado diputado Nicolás Contreras, que coordina un grupo que se hace llamar independiente, y que lo conforman tres diputados que renunciaron al PAN después de servirse de èl, declaró sin sustento legal la integración del nuevo grupo aduciendo preceptos legales que lo ridiculizan. Dijo que la diputada Martha Meza no renunció al Verde y por ende no puede irse al nuevo bloque. Cosa torpe de parte de Nicolás Contreras, porque cuando él y sus compinches se fueron del PAN nadie les dijo nada e hicieron bloque sin partido, es decir, sin representar a nadie más que a sí mismos. Tiene mayor legitimidad el proyecto de Martha Meza y Joel Padilla porque ella se ha pasado, por decirlo de algún modo, a una fracción que ya existe, que es la del PT. En cambio, Nicolás Contreras y sus socios no tienen un partido que los respalde, pese a haber llegado al Congreso con las siglas del que traicionaron. Desaparece la representación del Verde, y se robustece la fracción del PT. Es solo eso en materia legal. Ahora hay que ver qué harán Meza y Padilla en su nuevo proyecto político. Porque evidentemente tienen un plan que habrá que observar con atención conforme pasen los días. Por ahora a Nicolás Contreras se le puede responder fácilmente: la libre asociación es un derecho inalienable. Ojalá sepa el significado de esto.
ALGO DE LA HISTORIA DE LA EDUCACIÒN EN MANZANILLO. Antes que escuela tuvimos templo los manzanillenses. El señor cura Don Francisco Amezcua, que con ayuda del santo padre Don Francisco Pinto, que está sepultado en el santuario del Señor de la Expiración, en el Rancho Lo de Villa, fue el encargado de fundar la parroquia del Manzanillo, como se llamaba entonces al modestísimo, arrinconado puerto que era nuestra ciudad en 1874. El Padre Amezcua, hombre probo y generoso, dedicaba unas horas de la mañana a enseñar a leer y a escribir a los 39 niños que poblaban la ciudad. Se debió al profundo amor que por el progreso tuvo un zapotlense ilustre que se entregó con pasión a Colima, Don Ramón R. de la Vega, la fundación de la primera escuela de Manzanillo: la Escuela del Tamarindo, que se hallaba frente a lo que ahora es el Hotel Colonial y era en esos años la casa de morada de Don Liberato Maldonado, uno de los fundadores de este puerto. El primer maestro enviado a Manzanillo fue Don Leocadio López, en 1878. Y al año siguiente, tuvo que auxiliarle como Monitor o Cuidador, la distinguidísima Maestra Doña María Guadalupe Vizcarra, que tenía entonces 15 años y hacía el viaje a pie desde Colima, acompañada de su padre, cada ocho días, para permanecer la semana entera aquí al cargo de la piadosa señora Doña María Guerrero. Eran los tiempos en que venir a Manzanillo era practicar algo todavía más temible que lo se llama ahora turismo extremo. Se llegaba al Manzanillo caminando. Y aquel famoso son de Don Silvestre Rodríguez Olivares, el Camino Real de Colima, se queda corto cuando lamenta “los trabajos que pasé en ese camino real”, porque no alcanza a describir lo que significaba entonces llegar a Manzanillo. Para alcanzar las calles arenosas de aquel puertecillo, había que sortear dificultades de que he hablado antes. El Camino Real terminaba donde fue la estación de Tecomán, sitio donde existió un pueblo muy importante del siglo XIX: Valenzuela, extinto durante la fiebre amarilla de 1883. A partir de allí se recorría a pie una vereda que lo conducía a uno a Cuyutlán, pueblecito salinero que se poblaba en realidad solo en tiempos de la zafra y permanecía con unos cuantos habitantes casi todo el año. Se caminaba rumbo a Manzanillo por la orilla del mar, justo por donde ahora pasa la autopista esa tan cara que nos comunica con el país. Y al andar por ese camino de apenas metro y medio de ancho abierto a machetazos por los arrieros en una feraz selva de mangles, pochotas, guásimas, sasaniles, timúchiles y palosnde agua, se corrían riesgos tales como ser mordido por una víbora, atacado por un tigre – entonces había muchos-, tragado por un caimán –en esa época no nos tenían asco ni se empachaban-, picado por avispas “borrachas”, zancudos, moscos, alacranes y otros insectos, o bien asaltado por una de las numerosas gavillas de bandoleros que plagaron los caminos nacionales durante el prolongado gobierno de Don Benito Juárez, a quien solo la angina de pecho que lo mató retiró del poder. Pero nos desvío del tema. Quisimos rememorar lo anterior, para que quienes no son maestros valoren lo que ha significado serlo en Manzanillo, desde que la primera escuela abrió sus puertas. Se usaba en el siglo XIX el Sistema Lancasteriano, fundado por Don José Lancaster, y consistía en que un solo maestro atendía la escuela entera, auxiliado por ayudantes llamados Monitores o tomadores de tareas. Y se trabajaba en dos niveles: Escuela primaria elemental y superior. Por eso cuando a alguien le digan sus padres que nomás fueron “hasta el cuarto año”, de educación primaria, deberán entender que terminaron ese nivel. A lo que ahora se llama secundaria, se la llamaba Escuela Primaria Superior y comprendía dos años. Dos ilustres varones dirigieron la Escuela del Tamarindo, que después se llamó Benito Juárez, y que el General Lázaro Cárdenas construyó a una cuadra del antiguo Jardín Galván y que el terremoto de 1973 cuarteó de tal manera que fue menester construirla donde ahora se encuentra, al bordo de la laguna, allá al sur de la ciudad. El primero fue el incomparable maestro, poeta y cuentista que fue Don Gregorio Torres Quintero, que por cierto fue regidor en 1883 y aquí se inspiró para escribir sus famosos Cuentos Colimotes, retrato de sus vivencias en esta población costera. Y el segundo fue el gran mentor don Manuel Velázquez Andrade, que fue el creador del proyecto nacional que estableció la Educación Física en todas las escuelas del país. Del maestro Manuel Velázquez, fue la idea de impartir educación física en México, cosa que reprodujo de las escuelas europeas que recorrió hace cien años. Tal es el comienzo de la historia de la educación en Manzanillo, de la que tenemos escrito un modesto libro que esperamos publicar algún día.
POR HOY, BUEN DÌA.

 

 

Comparte y dale me gusta