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¿Cambiar de nombre al PRI?
*Mtro. Abel Palomera Meza.
En las elecciones de julio de 2018, el tsunami Morena puso a temblar hasta los
huesos, a los que apenas un mes atrás conocíamos como partidos mayoritarios. En
los corredores partidistas, militantes y dirigencias del PRI y el PAN, por igual, buscan
más que razones, excusas y culpas, para atemperar el aluvión electoral que les
pasó por encima y, de un solo manotazo, les dejó desnudos de estructura partidista,
voto duro y su siempre poética idea de invencibilidad.
Las voces aventuradas claman por renovación, reforma, refundación, revolución y
muchos “re” cuyo origen está más cercano a gritar décadas del antidemocrático
silencio intra partidista, y francamente muy alejado del examen concienzudo y del
análisis profundo de causas, síntomas y efectos. De entre ellos, el renombrar a su
partido o, mejor dicho, el cambiarle de nombre, es el “re” más socorrido por los
partidarios rojos.
A tal grado ha llegado esta primera reacción a la debacle electoral de 2018, que la
dirigente nacional del tricolor, Claudia Ruiz Massieu, ha dicho que una de las
alternativas disponibles para la refundación del PRI, es cambiarle de nombre y hasta
de siglas, lo que encendió el debate público priista, pero también el que se da detrás
del telón, a puerta cerrada y entre quienes tienen el poder de decidir qué sigue para
el otrora partido dominante de México.
¿Qué significa cambiar de nombre al partido más conocido del país, que es también
el más arraigado culturalmente y que hasta los colores de la bandera tiene como
monopolio? ¿Realmente el cambio de nombre le dará más votos, le acercará más
a la gente, le otorgará mayor credibilidad, le hará ganar las próximas elecciones?
¿Y qué pasa con sus estigmas y cicatrices, un nuevo nombre se los quitará? ¿Y los
“priistas de hueso colorado” seguirán al nuevo PRI y a los nuevos priistas?
Estas preguntas tienen que responderse, pero no desde la irreflexión. ¿Con qué se
quedaría un inversor si el PRI fuese una empresa y se pusiera a la venta después
de una mala racha en sus resultados financieros, aunque toda su historia anterior
es de triunfos? Ciertamente no serían sus edificios, ni sus vehículos, mucho menos
sus archivos. Lo que verdaderamente da valor a una empresa y, en el ámbito
político, a un partido, es la marca, con su nombre y su imagen, con su historia y su
impacto, con su capacidad de crear atracción, de generar emociones, de formar
fidelidad y hasta fe ciega.
Una marca política sirve como garantía para los electores, tanto por lo que
representa en beneficios y soluciones, como por el sistema de creencias que propone y defiende, al mismo tiempo que es una forma de diferenciación. Sin duda,
en estos momentos de crisis electoral, el PRI está obligado a realizar un profundo
proceso de análisis, no de los factores que le hicieron perder, pero sí de las razones
por las que la gente le ha dejado de preferir después de haber votado y confiado
fielmente en él durante años.
La reflexión que este partido y otros necesitan, no es en términos de destruir su
marca política. Ese sería un destino de corto plazo peligroso para institutos políticos
muy bien asentados en el imaginario político y social de México. Tampoco
requieren, desde el punto de vista de este analista, que sean sus militantes quienes
marquen la pauta futura, pues seguramente, aunque en diferente envase, el
producto seguiría siendo el mismo. Hay que entender que lo que cambió es el
mercado electoral, que pide productos distintos, elaborados con una mentalidad
también diferente.
En adición, el análisis tendría que apuntar hacia un reposicionamiento de la marca,
el cual tendrá que estar definido a partir de escuchar y conocer mejor a los
consumidores -electores-, así como a sus nuevas necesidades y preferencias. Los
partidos tienen que posicionarse donde los electores quieren que estén. Las nuevas
coordenadas marcan dejar la simulación, combatir verdaderamente la corrupción,
austeridad, transparencia, congruencia, igualdad en el acceso a beneficios de
gobierno y cercanía, mucha cercanía con la gente. Entonces, ¿cambiar?, sí, ¿de
nombre?, eso está para pensarse.
*Director de Capp Consultores.

