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Cotidianidad…. Por Armando Polanco
Sus tonos traspasan lo matutino cerca de mi ventana desde donde escucho sus cantos, dejo la cama y los busco, uno, el que dirige todo, lo diviso en lo alto del árbol de mango de mi vecino Efren, otro, sobre los tubos del tinaco de la vecina mas abajo, otro, ni tan lejano, en la pared de doña Mary y Antolin, armoniosos todos, es un coro impulsado por la claridad de la mañana dominguera. Su canto es mágico, apasionado, de enamorados, estos tres se unen otros y aún disonantes, logrando una sinfonía con el suave viento de esa hora. Mientras los observo, descubro sus coloridos vestidos, azul vivo, café soleado, puntos rojos, lineas anaranjadas salpicadas de oro. Su música se desliza por entre pausados minutos contra el impertinente ruido de carros en el pavimento recién inaugurado, es un canto que asciende y desciende mientras una oleada de frutas maduras inunda el ambiente. Los pájaros de picos puntiagudos cantan su enamoramiento, en ratos su música es al unísono y en rápidas escalas, según sus emociones. Yo disfruto esta música que me lleva a imaginarme como un torrente de fresca agua brotando del subsuelo, saliendo a cielo abierto y fluyendo a lo largo de una hilera de piedras que forman mi camino hasta un destino incierto.

